Exs y remakes, oscuros objetos del pasado

El fin del verano resultó ser una masacre de rupturas post pandémicas. Mocos y lágrimas por todas partes, mientras una visión conservadora sobre el amor y sus instituciones asomaba las patitas.

Aunque llevamos años intentando derribar los mitos del amor romántico, —para ser más libres, para sufrir menos— las formas del pasado, con sus lazos sólidos, monógamos y heterosexuales, insisten en recordar que, el buen amor, es aquel que ata a los dos amantes para toda la vidaAlgo así defendía una escritora en un gran medio, al tiempo que yo terminaba la serie de HBO, Secretos de un matrimonio (2021), remake de la obra de Ingmar Bergman.

La versión sueca de 1973 la descubrí con veintidós años, poco después de haber roto con la que había sido mi pareja desde los quince. En aquel momento, era yo la que estaba embadurnada de mocos y sentía, con absoluta seguridad, que jamás me podría recuperar de aquel dolor insoportable que no me dejaba estudiar, trabajar, o completar los veinticinco metros de una piscina municipal.

La ruptura con ese vínculo, que me parecía tan natural como el que tengo con mis padres o mi hermana, la afronté como la muerte súbita de mi amante. E, incapaz de aceptarlo, pasé mucho tiempo deseando invertir el tiempo o saltar a un futuro que nos volviera a unir.

En el visionado de aquellos 168 minutos lloré de principio a fin. No sólo por la lástima que me producía Marianne —y yo misma—, sino, también por la esperanza que sentí al descubrir que, a pesar de toda la violencia física y verbal, los amantes de Bergman se reencontraban al final para confirmar que su amor era el único y verdadero amor.

Con el tiempo, por suerte, me cansé de esperar. Primero con resignación y luego con alivio, acepté que el amante adolescente no sería el amor definitivo. Pero más aún, no querría, en ningún caso, que la vida se pareciese a una película de Bergman. 

 

 

 

 

 

 

Para quien teme el paso del tiempo y, en última instancia, la propia desaparición, volver a un cuerpo rescatado de entre las entrañas del pasado es una forma de hacerle el juego a la linealidad. Un desafío a ese correr hacia adelante siempre en dirección a la finitud.

En la nueva versión de Secretos de un matrimonio, Mira y Johnathan tienen dinero y la belleza propia de los ricos, pero también son incapaces de aceptar sus diferencias y se arrastran como almas melancólicas a ningún lugar. Sabemos, desde un principio, que ni sus amigos poliamorosos, ni el intercambio en los roles de género les salvará del destino que les tiene preparada la ficción.

La versión de 2021 anhela el cuerpo de la de 1973 como los ex amantes esperan follar con la misma piel, como si los años no hubieran pasado y esta de ahora fuese la misma de entonces. No hay vejez para el verdadero amor. El oscuro objeto de deseo es un pasado que puede y debe mantenerse en presente hasta hallar la posibilidad de un cambio, como una nueva oportunidad para asomarse a un extrañamiento ya conocido.

En mi fantasía, pues, quien es ahora mi pareja debería dejar de serlo para poder sentarnos en un bar, nerviosos y erotizados por la duda de quién es ahora el otro, después de tanto tiempo.

Como Oscar Isaac y Jessica Chastain, saldríamos a escena con el guion preparado y tras echar una última miradita al teléfono, empezaríamos los tres actos de la función: primero cierto desinterés, después suficiente rencor para sacar a relucir el pasado, y, por último, las ganas por volver a seducir a quien en algún momento se marchó.

Serían solo horas de placer. Comer, beber y charlar sobre los recuerdos y lugares compartidos. Todo, para terminar follando con unas instrucciones ya aprendidas.

 

 

 

En la ficción, los destellos de ese desamor entre Mira y Johnathan se fraguan en un tiempo que no vemos. Las brechas que se abren entre cada episodio son una página de información a la que se nos niega el acceso. El relato que no conseguimos ver es el mismo que informa de la desconexión y falta de honestidad dentro del matrimonio.

Ese tiempo —el tiempo de lo real— es aquel en que no se comunicaron, no se reconocieron y frente a la soledad que se genera en esa no-visión, en un tiempo fuera de pantalla que les niega como protagonistas a ojos del otro, los amantes se verán siempre obligados a abandonar la aventura amorosa, antes de perder la visión sobre sí mismos.

 

Lo que no vemos en las imágenes ausentes y sus fuera de campo narrativos no es otra cosa que la cotidianidad de un mundo frenético, donde los amantes trabajan, gestionan una vida doméstica y luchan por mantener un estatus social hasta el agotamiento. Los secretos como matrimonio son también aquellos alimentados por un mundo que les empuja a seguir hacia adelante, sin compasión y sin tiempo para escuchar.

 

No resulta tan extraño, entonces, querer follar y volver a amar un pasado como una forma de redención, pero también, y, sobre todo, una forma de repetir como un ciclo aquello que ya fuimos, que ya vimos.

El remake, igual que los amantes reencontrados en la imagen, dibujan el círculo de una historia que, habiendo avanzado hasta cierto punto, puede darse la vuelta para regresar a un tiempo de juventud —más inocente, menos emponzoñada por los desengaños del mundo—. Ninguna otra película tan literal como La reconquista (2016) de Jonás Trueba, con una segunda mitad de metraje que nos devuelve a los amantes adolescentes, y diametralmente opuesta a Animales nocturnos (2016), donde Amy Adams se queda esperando con su calentón al ex marido vengativo que no acude a la cita.

Las imágenes de Secretos de un matrimonio (2021) son bellas y ciertas a ratos, pero, sobre todo, están disfrazadas de una falsa relectura, como los discursos que romantizan una generación hipotecada, casada y con hijos. No proponen nada, del mismo modo que mi fantasía, conservadora y miedosa, se queda corta a la hora de darme verdadero y genuino placer.

Lo contrario al remake quizá sea dar forma a las imágenes que antes no tuvieron cabida. Reconfigurar los códigos de lo real y lo erótico, pero también, imaginar formas, estéticas y narrativas, presente y futuras, que nos cuiden y nos abracen en plena la noche, en una casa oscura, en algún lugar del mundo.

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